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Título: El crimen de la calle de Aramberri Autor:
Hugo Valdés Manríquez Editorial:
Ediciones Castillo Colección:
Colección Más Allá No. 6 Edición:
Primera edición Año: 1994 Páginas:
282 p.p. Tiraje: 2000 ejemplares |
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Título: El crimen de la calle de Aramberri Autor:
Hugo Valdés Manríquez Editorial:
Ediciones Castillo Colección: Edición: Año: Páginas:
282 p.p. Tiraje: 2000 ejemplares |
Cuarta de
forros
El crimen de la calle Aramberri: Las razones
El crimen de la calle Aramberri: Una cuestión de perspectiva
El asunto de este libro, desde nuestra perspectiva de comienzo de milenio, es más o menos simple, pues se basa en un crimen cometido el 5 de abril de 1933 en las personas de dos mujeres. Sin embargo, el impacto de asesinatos de esta laya suele ser doloroso y profundo al ocurrir en una época en que ciudades como Monterrey toman apenas consistencia para enfilar hacia los emporios industriales que serán a futuro. Aun la amenaza del comunismo aterra a los regiomontanos de la década de los treinta: ¿cómo pensar en tales pesadillas cuando se pertenece a un lugar donde el trabajo y las costumbres mesuradas son ley, impronta del ser norestense? El horror del doble crimen reside, naturalmente, en la participación de los propios parientes de las víctimas y la manera brutal, la fiera destreza con que se les dio muerte a las mujeres: ambas son degolladas; la cabeza de Florinda aparece, sobre el lecho de la recámara, separada del tronco. El dueño de la casa, Delfino Montemayor, vuelve de su trabajo al atardecer y se halla ante una escenografía macabra. Si bien fue rigurosamente un crimen cuyos móviles no fueron políticos o pasionales -las dos mujeres fueron asesinadas para robarlas-, el tema irradia, además de una fascinación morbosa, una gran cantidad de sentidos que trato de entender y explicar a través de varias tesis. La primera es la razón del título. Como un homenaje a la primera versión del asesinato, publicada en mayo de 1933 por Eusebio de la Cueva, quise que el título de mi novela fuera el mismo que el de la suya. Acaso habría más precisión si hubiera escrito Los crímenes de la calle Aramberri, o El doble crimen de la calle Aramberri, pero dejé el nombre original porque me pareció que actualizaba un clásico -aunque el libro del señor De la Cueva no lo sea ni, me parece, ninguno de los varios más que escribió-, además de que respetaba así la oralidad de la época, pues es seguro que durante el resto de la década de los treinta y a lo largo de los cuarenta, los regiomontanos, vecinos o no de la casa donde se cometieron los homicidios, se refirieran al suceso de esa forma, comentando entre sí: ¿te acuerdas del crimen de la calle...? Por otro lado, en el texto que para la presentación del libro escribió Francisco José Amparán, el narrador lagunero justifica el singular empleado en el título por tratarse, más que de los crímenes de dos personas, de el crimen cometido contra una ciudad cuya inocencia estará desde entonces para siempre perdida. Monterrey, pues, fue uno antes del crimen y otro después de él. Otra de las tesis es el sentido de la justicia, por completo distinto al que tenemos en la actualidad. En esa época las autoridades se valían de la ley fuga para deshacerse de los criminales considerados imperdonables. Y lo hacían desde luego con la anuencia de los ciudadanos; a decir verdad lo hacían por la presión de la ciudadanía. Dije que nuestro sentido de la justicia es distinto al que me refiero, antañón y expeditivo, pero me pregunto si no volveremos muy pronto a echar mano de la justicia por mano propia, o a exigir mediante manifestaciones y cartas a los periódicos la muerte de asesinos imperdonables. Una más de las tesis que cruzan la novela es la del malestar social que producía la crisis económica. En consecuencia del crack del 29, los norteamericanos repatriaron a miles de mexicanos. Volvían a México, con traza de vagabundos, sin nada en qué caerse muertos. En mi novela los describo así: "esa forma humana de la miseria y el éxodo que, andando los caminos carreteros, las veredas y las vías de ferrocarril, buscaba un pueblo que la acogiese". Por las caricaturas que aparecen en el periódico, cualquiera podría creer que la imagen del pobre de solemnidad con un hato de ropa colgando al extremo de una vara terciada al hombro, surge de ese tiempo, de esa situación que privó en nuestro país. Creo que tanta miseria y las pocas oportunidades de trabajo conducían inevitablemente a la violencia, al robo, al crimen. Al cabo, como pasa en mi novela. De manera inmediata, y muy generosamente, el lector de El crimen... podría pensar en la novela-reportaje de Truman Capote, A sangre fría. Pero que más daría yo por confirmar esta identificación; apenas si la hay. Voy a explicarme: Capote crea con su libro un género que hizo y ha hecho escuela entre infinidad de escritores en el mundo occidental. En mi caso yo sólo deseé narrar el hecho de la manera más cercana de como ocurrió, consultando la causa judicial, los partes forenses y los periódicos de ese tiempo -algo que, por la proximidad y la prisa, no llevó a cabo Eusebio de la Cueva-. Sin embargo, Capote narra maravillosamente un suceso que le es contemporáneo y próximo, y le da una dimensión literaria aun a las voces de quienes sólo fueron vecinos y amigos de las víctimas. Es cierto que mientras me preparaba para iniciar mi novela releí A sangre fría, y que por un momento pensé incluir los testimonios de algunas personas con las que hablé y que vivieron el asesinato, pero casi todas, mujeres u hombres, eran entonces niños, y los que pasaban de la veintena en 1933 -y tienen hoy edades que oscilan entre los ochenta y noventa años- creían que los asesinos no eran los consignados por la ley y que había otra clase de implicaciones, lo cual respeto pero no deja de antojárseme dudoso. Así que para evitar cualquier confusión opté por no valerme de saltos de tiempo hacia el futuro -si bien me permití algunos hacia el pasado inmediato-, descartando las voces testimoniales como en la novela de Capote; admito, sí, que de modo consciente la narración difiere el crimen y lo muestra hasta el final, como en A sangre fría. En resumen, me propuse que los acontecimientos de mi novela se desarrollaran desde que ocurre el doble crimen, el día 5 de abril de 1933, un miércoles, hasta el 28 de ese mismo mes, un viernes, por cuyos eventos puede considerarse el desenlace de la tragedia. En lo personal, ¿podría llamarlo un buen desenlace? ¿Después de que dos pobres mujeres fueron asesinadas tan brutalmente y que el esposo y padre de las víctimas enloqueció y que la entonces arcádica ciudad de Monterrey tomó conciencia de que era un asentamiento industrial abierto a cuantos inmigrantes llegaran? No, por supuesto. A final de cuentas, ésta es una historia muy triste, y si yo me acerqué a ella para novelarla fue por la misma razón que el lector esgrimirá para conocer sus pormenores: por la fascinación que destila el morbo. No es por ello gratuito que el epígrafe de mi trabajo lo haya tomado del libro de David Abrahamsen, La mente asesina. Para él el homicidio es un misterio porque la muerte está más allá de la experiencia de todo ser humano vivo. Y la temamos o no, nos dice Abrahamsen, ella seguirá incitando nuestra curiosidad. "Sin embargo, a pesar de nuestros esfuerzos más ingeniosos, la muerte guarda su secreto, y este secreto constituye en parte la razón de la fascinación que el homicidio nos produce." Y, por último, sin un registro minucioso de la ciudad podríamos difícilmente reconocernos, y hallarnos y comprendernos, en el pasado. Entre ese Monterrey que yo describo, provinciano, pueblerino, y la ciudad que se devora hoy día y noche, surgiendo sobre sus escombros para convertirse en una rutilante metrópoli, hay una distancia considerable, imposible de franquear salvo quizá mediante esa azarosa adivinación que suele ser, algunas veces, la literatura.
"Soy un gran entusiasta de Hugo Valdés y de esta espléndida novela que acabo de leer, El crimen de la calle Aramberri, que me parece realmente una novela excepcional, de lo mejor que he leído en la literatura mexicana reciente." Carlos Fuentes
"Uno de los méritos de El crimen de la calle Aramberri es que plasma el momento de transición del Monterrey de las acequias a una ciudad industrial y moderna que pierde su inocencia. Con su novela, Valdés Manríquez sigue una añeja y hermosa tradición literaria, iniciada por Edgar Allan Poe, que es retratar una época y una sociedad a través de la exposición de un caso policiaco real." Francisco José Amparán
"Clasificar esta novela en el género policiaco sería hacerle injusticia a un trabajo literario mucho más complejo, tan brutalmente real en su contenido. El efecto posterior a su lectura es el de haber entrado en un horrendo crimen y en una parte oscura de los hechos, las costumbres, los modos de hablar y conducirse de personajes que pueden estar también dentro de nuestras familias. Valdés Manríquez se introduce así en la mente y las razones de todos los personajes, incluyendo a sus lectores, con una narrativa ágil y poderosa, logrando finalmente una obra memorable." Andrés Garza
"El crimen de la calle Aramberri retrata el miedo de una naciente sociedad urbana al descubrirse sitiada por enemigos internos. Todo Monterrey, como un Macbeth colectivo, golpea dentro de sus filas, desatando una persecución psicológica, obstruyendo la verdad, reconociéndose como modernos y, por tanto, desconocidos y ajenos a sí mismos." Ramón López Castro
"La novela de Hugo Valdés se distingue con ventaja de las de sus colegas mexicanos, como Paco Ignacio Taibo II o Rafael Ramírez Heredia, en que aquí sí hay una preocupación estética. Las descripciones históricas y ambientales tienen y respetan un lugar en el tramado narrativo, así como la historia, con su caudal de sangre, tiene y respeta el suyo. En la recreación del tiempo de los acontecimientos la novela adquiere una estatura poco usual: Valdés registró con minuciosidad de relojero los mil detalles cotidianos que vuelven viva a una ciudad. Así, la historia de los crímenes de Aramberri es un gran, amplio fresco histórico de lo que fue la ciudad de Monterrey hace 60 años." Gerardo Segura
"Leyendo El crimen de la calle Aramberri recordé viejas teorías sobre el color. El rojo es un color multifacético. Casi puede decirse que tiene carácter y naturaleza propia. Y tiene una fiel amiga: la sangre. Sangre que se relaciona con la muerte. Muerte y sangre que nos llevan a las novelas policiacas. El rojo suele ser cínico y cruel cuando elige a sus personajes, y el colmo de esto es cuando entran en la escena de la novela dos carniceros. Así, tenemos en El crimen de la calle Aramberri una historia que gira y se mueve en el mundo de lo rojo. No se extrañe el lector si al leerla no encuentra un protagonista principal, ya que todos resultan ser secundarios. No se pregunte tampoco el por qué de tanto color impreso en sus líneas. Le sugiero sólo relajarse con el libro en las manos. Verá cómo sin darse cuenta usted estará también manchado de sangre." Maritza Buendía
"La de Hugo Valdés resulta una obra a medio camino entre la 'novela negra' y la novela documental. El seguimiento que hace del famoso crimen regiomontano ocurrido en 1933 emparenta a El crimen de la calle Aramberri con la magistral obra de Truman Capote, A sangre fría. David Martín del Campo
"Actualmente Monterrey es admirado por ser un semillero de música pop, pero esta sofisticada versión novelística de una bien recordada matanza ocurrida allí en 1933, regresa a los lectores a una época en que la tercera ciudad más grande de México se despojó de su inocencia para encaminarse hacia la era industrial moderna. Fervientes elogios de Carlos Fuentes ayudaron a atraer la atención hacia esta intrigante y estilísticamente desafiante novela negra." Bruce Jensen
Elizabeth Moreno Rojas*
En México, la novela negra cuenta con muy pocos exponentes, a pesar de que en Estados Unidos, lugar donde surge el género -con Dashiell Hammett y Raymond Chandler- tiene más de setenta años. No obstante, los pocos escritores mexicanos que han incursionado en la también denominada novela del crimen, lo han hecho con éxito como Rafael Bernal, Rafael Ramírez Heredia, Paco Ignacio Taibo II, Élmer Mendoza y Hugo Valdés, autor de El crimen de la calle Aramberri, novela negra "norteña" publicada por primera vez en 1994 y que llega este año a su tercera edición. Ubicado en el difícil año de 1933, este relato despliega su trama en la ciudad de Monterrey, donde ocurre un brutal asesinato de dos mujeres, Antonia Lozano y su hija Florinda Montemayor, para robar lo que el padre, empleado en la Fundidora, había conseguido ahorrar hasta entonces: cuatro mil pesos en oro. Un detective, Inés González, impresionado por la masacre, es el encargado de investigar quiénes cometieron el asesinato y cómo lo hicieron. El crimen, asunto del texto, es un suceso real, igual que muchos de los acontecimientos principales. Las víctimas, los asesinos y varios de los personajes, antes de ser desdibujados por el inexorable tiempo y convertidos en entes de ficción por la escritura de Valdés, vivieron en la entonces pequeña urbe regia. La soledad, la ira y el dolor de Delfino Montemayor, padre y esposo de las víctimas; la conmoción, el miedo y el morbo de la sociedad, pertenecen, también, a la realidad, pero todo lo demás es ficción, es decir, artificio, forma, técnica, y en ello reside el valor de esta obra. Así, el autor ha transformado un hecho verídico en un mundo de ficción cuya realidad se sostiene y se basta a sí misma a través de un impecable juego de voces y perspectivas encargadas de erigir este universo narrativo y sus siniestras sombras. Antes de la novela de Hugo Valdés, el periodista Eusebio de la Cueva publicó, un mes después del crimen, la crónica correspondiente. Sin embargo, como su objetivo fue más bien satisfacer la curiosidad y el morbo que el doble asesinato provocara en la creciente población regiomontana, su texto, de unas ochenta páginas, tuvo una fortuna efímera. Puesto que, según señala María Isabel Filinich, "un edificio de grandes proporciones exige una determinada distancia del punto de observación, de manera análoga un asunto trascendental requiere distancia temporal para ser observada con precisión"; la distancia temporal le permitió a Valdés una exhaustiva investigación de la causa judicial, los partes forenses y los periódicos de su tiempo. El resultado: la escritura de esta excepcional novela, que como un homenaje lleva el mismo título de la crónica mencionada. Un relato literario no es un simple reflejo de la realidad. Si bien el escritor abreva en ella y tiene como modelo un mundo de acción y pasión humanas, debe someter su trabajo a los artificios de la ficción. Sólo el discurso ficticio redescubre el mundo. Escribir literatura es crear, imaginar e inventar un mundo posible en el cual sus criaturas accionan y se apasionan. Por otra parte, el autor de novelas negras tiene ante sí el reto de conferir a un hecho horroroso el estatuto de estético. Así, el homicidio, la muerte, la sangre, la inocencia desgarrada, la mano que degüella, la miseria, la corrupción, la pena, serán elementos que deben atrapar y fascinar al lector no sólo por cómo funcionan temáticamente en la historia, sino por la técnica con que se cuentan, por los recursos discursivos y narrativos que los transforman, en este contexto, en literarios.
¿Novela negra o novela policiaca? En su esclarecedor libro El género negro, Mempo Giardinelli señala que en la actualidad la novela policiaca tiene dos grandes vertientes: la clásica y la llamada negra. Para este gran conocedor del tema, lo que es propiamente el género se presenta en aquella novela en la cual hay un enigma (un crimen en un cuarto cerrado) que un detective, mediante el ejercicio de la lógica, tratará de resolver para así descubrir al asesino o asesinos de la víctima. En estos relatos no hay ningún interés por evidenciar las motivaciones psicológicas o sociológicas del delito y el crimen no es el tema central, sino el motivo para mostrar la destreza del pensamiento racional del detective. En la vertiente negra, en cambio, el crimen es el tema central de la novela, la cual se caracterizará "por la dureza de su texto, de sus personajes, por cierta brutalidad y un descarnado realismo en la actitud vital de sus protagonistas", que se expresa igualmente en un lenguaje realista y violento. (Por estos últimos rasgos, Giardinelli afirma que la novela negra "pone los pies sobre la tierra".) Elementos también característicos de este género son "la lucha por el poder político y/ o económico, la ambición, el individualismo, la violencia, el sexismo y el dinero, productos todos de una sociedad corrupta y en descomposición". En la obra que nos ocupa, si bien la narración parte del enigma clásico del cuarto cerrado, el crimen es sólo el inicio de una historia en la que, además de desentrañar cómo se cometió, intentará explicarse cómo un individuo puede llegar a agredir, hasta matar, a otro, con tanta violencia y brutalidad. Algunos críticos dicen que la novela negra es una especie de radiografía social, pues se basa en la interpretación y descripción de la realidad actual donde el delito, en sus diferentes expresiones (robo, asesinato, secuestro, violación, corrupción, etcétera), es un suceso cotidiano, nos guste o no. En ella también, dada esa pretensión de realismo, se muestra a los individuos desde su lado oscuro, presentando siempre una galería de debilidades humanas, de conflictos y pasiones. De ahí la violencia como rasgo connatural al género. En el relato de Valdés, el modo tan brutal con que se comete el crimen de las mujeres (ambas son acuchilladas y degolladas); la forma tan expeditiva y fría en que se castiga a los asesinos; el poder de las instituciones como el Gobierno y la Iglesia; la traición entre los asesinos; la ambición del dinero; son los hilos pasionales con los que el autor ha tejido este entramado, definitivamente, negro. En El crimen de la calle Aramberri, no obstante que los asesinos mueren, uno intuye que el destino de Monterrey, como el de toda ciudad que crece en este país, es el de la inseguridad, el temor y la violencia. La urbe ha quedado marcada por un antes y un después a partir del doble crimen: nunca más se volverá a tener la misma confianza en el otro y el miedo y la zozobra serán parte de la vida cotidiana.
Tiempo y espacio La novela de Hugo Valdés, atendiendo al aspecto espacio-temporal, se despliega como un laberinto por su entramado discontinuo y las frecuentes rupturas, retornos y traslapes del flujo narrativo. La historia se construye a través de la yuxtaposición y el montaje de varios fragmentos, conformando así secuencias que se inscriben dentro de coordenadas espacio-temporales distintas con una cierta combinación de actores y una función temática diferente. Todos estos juegos inciden, primeramente, en el tempo narrativo del relato literario. En algunos casos, sobre todo en los diálogos y descripciones detalladas, lentifican o retardan el ritmo de la prosa, mientras que en otros se aumenta la intensidad rítmica en un tempo narrativo dinámico, casi dramático, donde se cuentan muchas cosas en unos cuantos párrafos. Por otra parte, las figuras temporales que hace el narrador, como responsable de la selección y del orden de las acciones, tienden a la búsqueda de la simultaneidad. La yuxtaposición de escenas y los juegos con el tiempo parecen difuminar la sucesividad, propia de la narrativa canónica, dando la impresión, a veces, de estar frente a una especie de relato cinematográfico. Pero el tiempo en una novela no puede convertirse en entidad palpable si no es a través del espacio. Tiempo y espacio forman una unidad indivisible, pues todo lo que ocurre en una historia sucede en algún lugar. Hay lugares que sólo existen en los mundos creados por la literatura, por lo cual sus nombres no remiten a ninguna entidad geográfica del mundo real: Comala, de Juan Rulfo; Macondo, de Gabriel García Márquez; Santa María del Circo, de David Toscana. Hay otros, sin embargo, designados con el nombre de entidades reales: Tijuana, de Crostwhaite y Campbell; Culiacán, de Élmer Mendoza; Coahuila, de Daniel Sada; Mazatlán, de Juan José Rodríguez; Monterrey, de Eduardo Antonio Parra y Hugo Valdés. En cualquiera de los dos casos, aunque no se les describa, nombrarlos es ya "suficiente para proyectar un espacio ficcional concreto, ya que el nombre propio es, en sí mismo, una descripción en potencia". Sin embargo, cuando el espacio nombrado posee un referente extratextual, el nombre propio adquiere una significación que se comparte culturalmente, pues funciona como una condensación de toda la información que el lector tiene sobre este lugar, aun cuando no haya estado en él, pero que le han proporcionado mapas, filmes, libros, postales, fotografías, descripciones, las cuales constituyen lo que A. J. Greimas denomina "referente global imaginario". Al mismo tiempo, en el decurso de una historia ficticia el espacio va particularizándose a través de la selección de detalles con los que el autor lo describe, por lo cual le confiere un matiz individual que le permite crear una representación única. Entonces, el Monterrey descrito por Hugo Valdés no es idéntico al que ostenta en la realidad ese nombre, aún cuando se describa con una serie de recursos que aspiran al mimetismo, a la copia de la realidad, pues el texto literario va construyendo su propia representación espacial, su referencia intratextual. Así, si el nombre propio es el mismo, los lugares designados no lo son, no sólo porque uno existe fuera del texto y el otro es mera arquitectura verbal, sino por el uso de estrategias y modelos descriptivos particulares que le permiten al escritor esculpir su propia visión de la ciudad. Siguiendo con esta premisa, el Monterrey donde se desarrolla la historia de Hugo Valdés representa el destino de toda ciudad moderna: el de la violencia -aún en manos de la justicia-, la inseguridad y el temor. Una ciudad que el 5 de abril de 1933 se descubre moderna, y por lo tanto, vulnerable. Al igual que el tiempo, dos grandes espacios cruzan e informan el relato: el espacio de la seguridad y la confianza, situado en el pasado; y el aquí y ahora de una ciudad amenazada por el crimen y la desconfianza en el otro. Las constantes menciones a la casa del crimen y la calle Aramberri hacen de este lugar la referencia privilegiada del descriptor como punto de partida para iniciar la representación física de la ciudad; desde ahí se instalará y desplegará poco a poco el espacio a través de la enumeración de calles, edificios, comercios, iglesias para, finalmente, proyectar en el lector una construcción totalizadora en donde convergen la ciudad real y la imaginada por Hugo Valdés. La segunda representación del espacio es aquélla que se superpone a la primera: el laberinto de itinerarios que confluyen en una imagen de confusión y desconcierto, de desorientación y desorden; un espacio que de la noche a la mañana se descubre otro, vulnerable y vulnerado, amenazante y amenazador. En este Monterrey, no sólo los personajes femeninos sino también la propia ciudad van al encuentro de su destino de víctima y victimaria, ya que después del crimen de la calle Aramberri cualquiera de los ciudadanos que la habiten puede llegar a matar, pues -como afirma Giardinelli- no hay un modelo humano de criminal: "lo que hay son circunstancias que llevan al hombre a cometer un crimen. A cualquier hombre. A usted o a mí". Como sabemos, la ciudad en tanto tema literario tiene una gran tradición, pero en la novela negra adquiere una significación especial porque el espacio urbano tiene como protagonista al crimen, en cuyo seno el autor convoca las debilidades humanas para confrontarnos especularmente con nuestros temores o deseos más íntimos, aún los más bajos. El crimen es entonces el espejo al que nos asomamos para ver nuestras múltiples contradicciones como la culpa y el deseo, la fascinación y el horror ante la muerte, el pudor y el descaro, la lucha entre la conciencia y los impulsos, realidad abrumadora que se impone en un modo de vivir, de moverse y sentir la ciudad. El Monterrey del crimen de la calle Aramberri es un espacio ficticio objetivado a través del lenguaje, sí, pero es un espacio que nos cuestiona y nos obliga a interrogar y repensar el destino de nuestras sociedades modernas.
Deudas y méritos Me parece que la novela negra mexicana, en general, ha hecho innovaciones de todo tipo, tal vez por pertenecer a otra tradición literaria, pero su base sigue siendo la norteamericana. En el caso de Hugo Valdés, por ejemplo, hay un diálogo intertextual entre su novela y A sangre fría, de Truman Capote, pero también, al menos en el modo de proyectar el punto de vista espacio-temporal, Juan Rulfo pesa allí mucho. Además, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez inciden en la construcción de la perspectiva y la trama, en la fusión y con-fusión entre la voz y la mirada que provocan una atmósfera de incertidumbre, también un signo de la novela contemporánea, pues el narrador ya no pretende ni contarlo ni saberlo todo. Estas innovaciones, sin embargo, no dejan a la novela fuera del género. El autor pone en juego todos los recursos de la narrativa moderna para conseguir otra forma de abordar lo policiaco; es decir, al mismo tiempo que se inserta en su tradición, abre otras posibilidades estéticas al género sin descuidar lo fundamental de la novela negra, que es inquietar al lector al confrontarlo con sus propios temores y llevarlo hacia ese ámbito atroz que irrumpe en la calma aparente de la cotidianidad. De allí que esta novela negra mexicana sea, sin duda, un extraordinario relato literario, un thriller de factura impecable que mantiene ese interés creciente que produce la lectura del texto perfecto por su técnica y su trama.
* La autora, nacida en Allende, Nuevo León, es egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Actualmente se desempeña como catedrática de la Universidad Autónoma de Sinaloa, donde dirige un seminario de narrativa norteña contemporánea. El presente texto petenece a un ensayo más amplio que aparecerá en el volumen El norte y su frontera en la narrativa policiaca mexicana, editado por la Universidad de California (UCLA).